Hoy va a ser largo. Muy largo, que al fin y al cabo tengo que hablar de lo vivido durante cinco días. El lunes fue un día rutinario, con resaca electoral en el país, ya que hubo los bloqueos que no estaban permitidos el día anterior, pero nada que se saliera de madre. Para el martes teníamos pensado ir a Noryungas, una región selvática del país a un par de horitas en auto de
Sin embargo, ¡llego la improvisación! Milos nos pregunto que por que no nos planteábamos visitar Potosí, conocida ciudad colonial española, y de ahí al Salar de Uyuni, que esta relativamente cerca. Milos es una persona que hace un tiempo recorrio mucho Latinoamérica en plan mochileo, y conoce bastante, y nos dijo que junto con las cataratas de Iguazu (mal escrito seguro), era la cosa más hermosa que había visto en este continente. Yo me quede escéptico, pues que no incluyera Machu Pichu en ese saco de cosas “más hermosas”… yo soy fan número uno de Machu Pichu.
¡Pero bueno! Era un plan emocionante, improvisado, y tenía buena pinta. El Salar de Uyuni, nos contó, es un “pequeño desierto de sal del tamaño de Bélgica, muy interesante de ver”. Uno no ve un desierto todos los días, y menos uno de sal, con lo cual la idea era muy atractiva, a lo que se sumaba visitar Potosí, Villa Imperial de España, algo de lo que he leído mucho y que también prometía. Así que allá que nos fuimos.
Billetes, diez horas de viaje por la noche, y a las 6:30am del martes ya veíamos el famoso cerro que hacía honor a Potosí, aunque ahora no sea más que un queso de los de agujeritos. Decir que compramos billetes para un bus cama, y yo me esperaba eso, cama. Vaya, como en los trenes. Pero no, un bus cama es solo un bus con mucho más espacio entre asientos (más cómodos), para poder reclinarte mejor.
El plan original era ver a que hora salían buses para Uyuni, reservar, pillar hotel y desayunar. Ir a Uyuni, ver el Salar, y estar de vuelta a la noche para dormir en Potosí y aprovechar el día siguiente para ver la ciudad. “Son seis horas de viaje”, a lo que vino una expresión WTF (what the fuck?) en nuestras caras de ordago. Milos no había comentado en ningún momento que Uyuni estuviera cerca, pero si nos había propuesto visitar el Salar y Potosí en un solo día, así que no podía estar tan lejos. Pero sí, así era.
Desolados quedamos, a lo que empezamos a preguntar a taxistas si podían llevarnos. El problema no era tanto las seis horas de viaje (pues un taxi iba a tardar más o menos lo mismo), como a la hora que salían los buses (10, 11), que nos hacían perder el día. Después de que cuatro taxistas se negaran a llevarnos, uno accedió.
¡JA! Novato. En las siete horas (más que el bus) que duro el viaje, descubrimos varias de las razones por las que accedió a llevarnos: no conocía realmente bien el estado de la carretera, hacía 18 años que no iba a Uyuni, y llevaba solo dos meses de taxista. A pesar de esto, debo decir que resulto ser un fantástico compañero de viaje, muy simpático y con una forma de ver la vida muy interesante. De nombre, Pablo.
El viaje fue tremendo, y aún me sorprendo de que el coche sobreviviera la travesía. Básicamente entre Potosí y Uyuni hay un maldito desierto donde no viven ni los buitres. Vale que no es el desierto típico de las pelís, con dunas y demás, pero lo es en el sentido de que es todo tierra yerma, con una carretera difícil (aunque están empezando obras para asfaltar) y solo cuatro pueblitos en todo el trayecto, dos de ellos acojonantemente abandonados.
En el trayecto nos dio tiempo a ver el cruce que lleva al infierno, descubrir pueblos donde se cometieron terribles asesinatos, ver de vez en cuando extraños tipos del espacio exterior (operarios que están asfaltando la carretera, completamente enfundados en trajes amarillos), pequeños lagos y ríos congelados por el frió que hacía, y que pinchara una rueda y estuviéramos a punto de salirnos de la carretera. A Dios gracias que en ese momento no atravesábamos ninguno de los múltiples barrancos, porque estoy convencido de que el taxista no habría sabido manejar tan bien el auto como lo hizo, y tener la presencia de animo que tuvo, viendo un vació de
¡Pero al final mereció la pena! Al fondo, entre montañas, de repente aparece un mar blanco, y a su orilla un pueblo que no tenía pinta de abandonado. Entramos en Uyuni, y tras un primer momento de acojone (solo se veía un cementerio y una gasolinera donde se cometieron terribles asesinatos), nos organizamos rápidamente. Tras comer, reservamos habitación en un hotel y alquilamos un tour por el desierto y fuimos hacía allí.
En serio, no he visto nada más hermoso en mi vida. Esa sensación de atravesar un portal y entrar en otro mundo, una increíble paz, soledad… imagino que todo esto se puede sentir en cualquier desierto, pero aquel mar blanco, que incluso parecía hacerte creer que estabas en un polo. Me sentía como un fremen en Dune (solo los frikis nivel 14 entenderán esto). Pero eso no es nada, porque tras visitar el Hotel de Sal (¡hecho de sal!) nos llevaron a
Uyuni es un pueblo curioso. Entablado entre dos desiertos, uno de sal y otro maldito donde se cometieron terribles asesinatos, parecería que debería ser tan desolado y abandonado como los pueblos que había en el maldito desierto, pero es muy vivo. Gente de todas partes del mundo haciendo turismo, viajeros ganando dinero para continuar ruta cantando o vendiendo artesanía, todos para ver lo mismo. Hay varios restaurantes italianos (si, varios, si, italianos), varios hoteles, albergues, bares y demás requisitos turístico-viajeros. Nosotros dormimos en el Hotel Palace, 5 euros la noche cada uno, asi que joderos y morios de envidia que yo he dormido en un Palace. Muerto de frío, eso sí, y con una ducha donde se cometieron terribles asesinatos, pero un Palace.
Y vuelta a Potosí, otras seis horas de diversión sin límites, esta vez en bus y viendo una película boliviana donde un camionero más feo que pegar a un padre se las ligaba a todas. El camionero también atravesaba desiertos donde se cometieron terribles asesinatos, pero tenía la ayuda de un chicote 10 años que le sacaba de apuros.
Potosí no nos dio tiempo a verlo mucho, por aquello del tiempo, y es una pena, porque había varias cosas dignas de visita, como
Y cambio de tercio, del paraíso del Salar, al infierno de Potosí. Hasta ahora no había podido enfrentarme del todo a la situación real de Bolivia. Como ya os he dicho antes, los chicos del orfanato son muy afortunados de estar donde están, y es todo muy idílico aunque esconda situaciones familiares graves, e historias que poco a poco vamos conociendo, algunas literalmente de juzgado de guardia. Y las veces que hemos salido, ha sido a lugares muy turísticos, donde no se ve o no se deja ver demasiada pobreza.
Sin embargo Bolivia es el segundo país más pobre de Latinoamérica, y uno de los peores situados en las listas de desarrollo humano. Y en Potosí pude ver finalmente esa realidad más de cerca. Lo más doloroso no es ver la mendicidad, ni siquiera ver chicos de apenas 8 años que deberían estar en la escuela y no trabajando descargando camiones, o de voceadores en autobuses. Lo que más me sangro fue un pequeño niño que apenas tendría 4 o 5 años, que apenas sabía expresarse bien, intentando venderme nada, y siguiéndome desesperadamente durante unos cuantos metros, hasta que salí de su radio de acción (una pequeña plaza).
Que desesperación. Fue duro, lo más duro que he vivido aquí. ¿Qué hacer? Tentado estuve de darle una moneda, pero no me gusta practicar esa clase de caridad, pues me da la sensación de ser condescendiente. Tentado estuve de comprarle, ¿qué era?, la chocolatina que vendía, aún a pesar de que no la quería realmente, pero ¿para qué? Eso no iba a servir de nada, ese niño iba a seguir ahí al día siguiente, y al siguiente. Solo de pensar en que ese niño podía ser mi Manuel, o el pequeño Yesid, se me partía el alma en dos. Al final solo fui capaz de seguir andando hacía adelante, sin saber que hacer, bloqueado. La vida es una peligrosa lotería.
Y esto se acaba, ya más presente que nunca. Nos queda una semana, y Joaqui tuvo que irse ya el Jueves por tener que volver al trabajo. Le hicimos una pequeña fiesta de despedida en la casa de los misioneros, y antes pasamos por los distintos pabellones animando a los chicos a que le escribieran algo, le hicieran algún dibujo. Casi me daban ganas de ser yo el que me iba, pues el cariño que volcaron en esa tarea fue muy grande. En verdad los cuatro que hemos venido hemos hecho un buen equipo, y la ausencia de Joaqui hoy ha sido muy patente, muy grande, un vació que costaba llenar. Yo no he conectado con Carmen y Joaqui tanto como ellas lo han hecho entre sí, pero a pesar de todo no he podido evitar sentir esa misma tristeza.
En el capítulo nos planteábamos la frustración de marchar y no poder continuar la labor, de no poder ayudar a estos chicos. Pero yo creo, y así lo dije, que estos chicos nos están dando fuerzas para continuar ayudando allí donde vayamos. Quizás ellos no puedan recibir más nuestro apoyo, pero la experiencia que nos ha dado convivir aquí con estos chicuelos nos va a impulsar a entregarnos más allá donde estemos, sea Zamora, Mallorca, Madrid o Roma. Y seremos un grano de arena, o un grano de sal, en estos lugares. Y junto a otros, haremos montañas.
Un abrazo a todos.
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