jueves, 24 de julio de 2008

¡Que frio!


¡Frío! Lo primero que se viene encima nada más bajar del avión. Ha sido un contraste muy grande, desde los infernales 40º que ha llegado a haber en Madrid, pasando por los 22º de Santa Cruz (donde hacíamos escala), hasta los 2º escasos que nos recibieron en la Paz.



Y oye, lo del mal de altura es de verdad. Cuando quisimos subirnos en el avión a La Paz, un azafato nos quitó a Montse (mi coordinadora) y a mí los bultos de mano que llevábamos, por estar repletos los compartimentos. Sin problema, pero al llegar a La Paz y bajar a la pista, estábamos sin chaquetas ni similares, y el frío era mucho para ir en manga corta. Resultado: mi jefa echa a correr, y yo detrás al grito de “¡el mal de altura!”, a lo que ella respondía con “¡el resfriado es peor!”. No fueron mucho más de 100 metros, pero al final, se me iba la cabeza a los lados, con flojera en las piernas. Pero quitando eso, todo perfecto.

Allí nos topamos con los agentes de aduana, que nos vieron malas personas y nos hicieron abrir las maletas. Montse tiene un carisma tremendo, y rápidamente les convenció de lo majos que éramos, con lo cual no tuvimos mayores problemas. Al parecer en estas aduanas son frecuentes estos registros, pues si llevas cosas que haya que declarar (o no, da igual) tendrás que acabar pagando alguna multa.


Y tras esto, el recibimiento de los misioneros de la Ciudad del Niño Jesús. Nada más llegar al lugar, dejamos las maletas en el Hostal, edificio del complejo destinado a los voluntarios, y el resto del año a cualquier turista que quiera hacer uso de el (altamente recomendado, es tremendo). A continuación, vamos entrando en materia: mate de coca para beber, calentito, una infusión hecha con hoja de coca que ayuda además a combatir el mal de altura; pan hecho en la misma Ciudad del Niño (salado, muy bueno); y buenas porciones de queso fresco. Y tras un rato de conversación amena, a dormir, que el jet lag esta haciendo de las suyas.

Por la mañana nos obligan a despertarnos tarde, y comemos con los misioneros (aunque en adelante comeremos con los chicos). Cada día cocina uno de ellos (platos típicos de sus países de origen, por norma), y hoy hemos tenido la tremenda suerte de que cocinara Mónica, boliviana: pastel de yuca, una especie de patata, pero distinta en sabor y textura, pastel de maíz, y una carne de cuyo nombre no puedo acordarme, con un toque picante propio de Bolivia. Todo junto, habría repetido veinte veces, pero nos recomendaron no comer mucho en un primer momento, por el tema del mal de altura. Todo se andará, jejejeje.

Y por la tarde, conocer la Ciudad del Niño, guiados por Charo, misionera. Pocos chavales hemos visto, pues están preparando una fiesta especial de Bolivia para este sábado, y liados andan con charangas y orquestas, pero hemos podido conocer todos los talleres que tienen (cerámica, agropecuario, lavandería, panadería), así como las pistas deportivas, los distintos albergues donde habitan los internos, el edificio de administración (conocido por ellos como el Pentágono, por su forma) y la capilla. El colegio lo visitaremos mañana, pues no tienen clases por las tardes así que estaba cerrado.

Sigo todavía un poco en Madrid, y mi cabeza no acaba de desconectar del todo, pero es que aún no hemos entrado fuerte en materia, ni hemos tenido un contacto grande con los chicos. Durante la parte final de la tarde ha habido una especie de lluvia de ideas masiva, con Vicente (también misionero, y director del complejo) y Charo, de todo lo que queremos y podemos hacer. Ya estamos lanzados a ello, pero aún todo está en el aire. Mañana tendremos reuniones más firmes y trataremos todos los asuntos de horarios y similares.

Falta poco para la cena, después de la cual nos juntaremos el equipo para hablar de que tal el día y hacer capítulo. El capítulo es una especie de revisión personal, donde cada uno habla de si mismo, contando como se ha sentido durante el día, como ve su vínculo y trato con los chicos, la colegialidad, que es similar al vínculo pero con el resto de personas del equipo, y la responsabilidad, en la que se habla de lo bien o mal hecho. Pero lo destacable es eso, que cada uno habla de lo que el ha hecho o dejado de hacer.

¡La campana de la cena! Mañana más. Un abrazo a todos.

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